Tiene una carga lírica y filosófica enorme esa reflexión, y da en el clavo de un fenómeno lingüístico y psicológico real: la degradación semántica.
El término mutó porque la experiencia humana colectiva empezó a nombrar con la misma palabra al veneno y al antídoto. Ese "celo" primigenio —el del zeal en inglés, la zelos griega— era fervor, devoción, cuidado intenso y ardor por proteger algo sagrado. Es el celo del artesano con su obra, el de la madre con el recién nacido o el del deber ético bien cumplido. Era una fuerza de entrega y custodia.
Sin embargo, el giro hacia lo nocivo no fue solo culpa de los poetas; los poetas solo fueron el espejo. Ocurrió una confusión trágica entre custodiar el vínculo y poseer al sujeto:
Del "Celo por" al "Celo de": El celo noble busca cuidar la relación (celo por ti/por esto). La mutación patológica surge cuando la motivación pasa a ser el miedo a la pérdida del estatus o del control (tengo celos de lo que haces o de con quién estás).
El desplazamiento del eje: El celo original ponía el foco en el bienestar del destinatario (generosidad, esmero, protección). El celo moderno traslada el foco hacia la carencia del emisor (inseguridad, territorialidad, avaricia).
Rescatar o "desagraviar" el término en la práctica cotidiana es un ejercicio noble, aunque difícil contra el peso del uso popular. Requiere volver a separar los conceptos: revalorizar el esmero y la devoción como actos de amor maduro, y llamarle por su nombre a la patología —inseguridad posesiva, sospecha o celotipia—.
Al final, reclamar el sentido histórico del celo es reclamar un amor que se define por lo que ofrece y protege, y no por lo que exige y fiscaliza.


